El 18 de julio de 1983 Antonio Berlanga terminaba sus estudios de Ingeniería Agronómica. Su proyecto fin de carrera, dedicado a una almazara, anticipaba ya uno de los ámbitos que marcarían su trayectoria profesional. El 1 de septiembre, apenas cuarenta días después, recibió su primer encargo: un proyecto para una comunidad de regantes de Úbeda.
Una empresa desde el primer año
En octubre de 1983, un ingeniero industrial le propuso colaborar en proyectos, y a mediados de 1984 ya habían constituido IMAI SA, una ingeniería formada por tres socios: él como ingeniero agrónomo, un ingeniero industrial y un ingeniero de minas. En aquel momento, recuerda, lo habitual en la provincia era el ingeniero autónomo y apenas existían empresas de ingeniería. La sociedad funcionó durante catorce años.
En 1999, Berlanga se quedó con la ingeniería, con el nombre de AGRO-oleum y con las doce personas que formaban entonces la plantilla. Tenía 41 años, mucho respeto por la profesión y ningún miedo a los nuevos retos.
No decir que no a nada
Repasando su carrera para esta entrevista, Berlanga llegó a una conclusión: nunca ha rechazado un encargo. Las almazaras las conocía mejor, por su proyecto fin de carrera y porque desde joven formó parte del consejo rector de una cooperativa. Los primeros catorce años se sucedieron así: riegos, almazaras, naves industriales, polígonos agrícolas, algún proyecto cárnico, etc.
Ha trabajado en Huelva, Córdoba, Granada, Ciudad Real, Albacete, Cuenca e incluso en Portugal, pero el 90 % de su actividad se ha desarrollado en Jaén. Allí está implicado en el tejido agrario como presidente de una comunidad de regantes y de una cooperativa oleícola. Esa implicación, explica, es la que sostiene la relación con los clientes: «Yo no soy alguien al que le encargan un proyecto solo por su nombre, sino porque me gusta implicarme en cada proyecto, estando a pie de obra, a pie de campo y de la mano de todos los profesionales que me han acompañado para sacar la obra adelante».
A pie de obra
Berlanga se define como «más práctico que teórico». Lo que más le ha gustado de la profesión es la dirección de obra; los papeles, mucho menos. Por eso siempre ha necesitado una oficina que le respaldara en la parte administrativa. «Muchísimas cosas las he aprendido dándome topetazos en obra. Esto se ha presentado así, no puede ser así, tiene que ser de esta manera. Y tienes constructores o compañeros de las empresas constructoras de los que se aprende. Pero para eso hay que estar en la obra. Si no estás, no aprendes. A mí me gusta ser como una esponja, empaparme de todo y disfrutar al máximo de cada proyecto».
Hoy las cosas han cambiado: las comunidades de regantes grandes tienen su propio técnico, las pequeñas cuentan con asesoría administrativa y las juntas se convocan a las cinco o seis de la tarde. También ha cambiado el ritmo de trabajo. Las convocatorias de ayudas obligan a presentar muchos proyectos en plazos muy cortos. La estrategia, explica, es preparar buenos anteproyectos y una documentación sólida para tramitar, y después defender y terminar cada proyecto a medida que avanza la tramitación.
Extractoras, orujo y biometano
Abrir camino es otra constante. Cuando un cliente pidió una instalación fotovoltaica, él estudió y el equipo se formó, analizando el caso y... «¡empezamos con una y después hemos hecho 18!».
El caso más llamativo es el de las extractoras de orujo. Comenzaron hacia 2010 con lo que ya dominaban, las balsas para alperujo, y a partir de ahí llegaron los secaderos, los hornos, las calderas. «Vas con una esponja otra vez». Es, dice, una industria poco conocida para los agrónomos, a la que se dedican pocos profesionales, y «tremendamente intensiva en proyectos, que te permite seguir proyectando y aprendiendo».
«Las empresas de ingeniería más modestas tenemos que ser como la tienda del barrio: tener de todo, personalizando al cliente, y siempre con cariño y profesionalidad».
Preguntado por cómo será la ingeniería dentro de quince años, Berlanga dibuja un mapa con varias divisiones. Habrá grandes ingenierías de mil o tres mil profesionales, con superespecialistas en cada materia, y habrá estudios pequeños a cientos de kilómetros que darán servicio al territorio donde estén ubicadas.
Para los estudios pequeños ve dos caminos. El primero, especializarse en el territorio y atender todo lo que necesite: «Si hay que hacer riego, hay que hacer riego; si hay que hacer otra cuestión, hay que hacer otra cuestión». Para ello considera imprescindible colaborar con ingenierías del mismo tamaño de otras zonas, especializadas en otros ámbitos, y además, mantener una relación estrecha con los técnicos de las entidades como cooperativas, comunidades, industrias locales y, como no, con los técnicos municipales del entorno. No hay otra manera de tirar para adelante».
El segundo, superespecializarse en una materia y trabajar en cualquier parte. «Nosotros, en almazaras, por ejemplo, entiendo que somos capaces de ir a hacerla donde nos digan». En ese modelo, la gran ingeniería que gane un contrato en Arabia Saudí, Egipto, Brasil u Honduras llamaría al estudio especializado. «Es superespecializarse en una cosa y no centrarse en un solo territorio, abrirse al mundo siendo pequeño».
El relevo
AGRO-oleum está en plena transición. Su hija Lucía y su hijo Álvaro son dos piezas imprescindibles en este puzzle profesional, que ya lo acompañan desde hace años. Juntos trabajan en cada proyecto, que desde septiembre de 1983 hasta septiembre de 2026 han marcado su trayectoria profesional durante más de 40 años. Si estuviera solo, admite, podría cerrar el estudio y vivir de la pensión y del campo. Pero tiene un equipo y una continuidad familiar, y sigue buscando nuevas líneas de trabajo, lo que «me mantiene viva la ilusión».
Su mensaje para los compañeros más jóvenes resume su trayectoria: «No parar de aprender y no parar de estar en contacto con la gente. Hay que ser comercial, porque la vida es comercial, pero también tienes que estar estudiando, aprendiendo, y relacionándote con la gente, sin parar, y absorbiendo lo que viene del mercado si quieres aguantar».