¿Qué te llevó a estudiar Ingeniería Agronómica y cómo ha evolucionado tu trayectoria desde entonces?
Desde muy joven estuve muy vinculada al sector agrario gracias a la empresa familiar que mi padre fundó y desarrolló con mucho esfuerzo y dedicación. Su actividad se centraba en dos áreas muy especializadas: la producción de flor cortada y la lucha contra plagas, además de otras actividades anexas como el suministro de productos agrícolas y la comercialización de plantones de vid para el sector vitícola de Jerez y de la provincia de Cádiz.
Este entorno me permitió conocer de primera mano tanto la complejidad como la belleza del trabajo agrícola, especialmente cuando se trabaja con métodos altamente especializados. Por eso, ser Ingeniera Agrónoma fue una decisión natural para mí, no solo por la tradición familiar, sino también por un profundo interés en los procesos biológicos, el manejo de cultivos y el desarrollo de soluciones respetuosas con el medio ambiente.
Primero me formé como Técnica Agrícola, luego como Ingeniera Agrónoma, y más tarde me especialicé con un máster en Lucha Biológica contra Plagas y Manejo Integrado de Cultivos. Mi trayectoria ha estado siempre guiada por el compromiso de aplicar lo aprendido a una producción agrícola eficiente, sostenible y de calidad. Los nuevos retos del sector, como el cambio climático, la presión normativa o la creciente demanda de sostenibilidad, han sido impulsores constantes de mi evolución profesional y personal.
¿En qué sectores has coincidido con otras ingenieras agrónomas con un papel relevante?
A lo largo de mi carrera he coincidido con ingenieras agrónomas en sectores muy diversos, aunque con especial presencia en la producción agrícola especializada, la sanidad vegetal y la investigación aplicada. También destacan en áreas como la certificación de calidad agroalimentaria, la dirección técnica de explotaciones intensivas o el asesoramiento agronómico personalizado.
En el sector de la flor cortada, aunque tradicionalmente ha sido más artesanal y familiar, se ha notado un avance técnico gracias a la incorporación de profesionales con formación agronómica. Aun así, la presencia de mujeres en puestos de responsabilidad sigue siendo muy escasa.
En general, aunque en ciertos niveles de responsabilidad todavía predomina lo masculino, cada vez vemos más ingenieras agrónomas en posiciones clave. Están marcando la diferencia tanto en la toma de decisiones como en el impulso de prácticas más tecnificadas y sostenibles.
¿Cómo percibes la evolución del papel de las mujeres en el sector agroalimentario?
Creo que estamos pasando de la invisibilidad a la relevancia. Cada vez más mujeres lideran explotaciones, dirigen empresas, emprenden e innovan con un fuerte compromiso hacia la sostenibilidad. También vemos a muchas ingenieras agrónomas como científicas, gestoras técnicas o responsables de calidad.
Programas europeos como EWA (Empowering Women in Agrifood) han sido muy valiosos para apoyar a cientos de emprendedoras en toda Europa, incluidas muchas españolas. Sin embargo, todavía es raro encontrar mujeres en puestos directivos dentro del sector agroalimentario en Andalucía, salvo en la Administración Pública, donde sí hay representación femenina en cargos altos.
¿Qué ventajas crees que aporta una ingeniera agrónoma frente a otros perfiles?
Una ingeniera agrónoma tiene una formación técnica y científica muy sólida, con una gran capacidad para entender el sistema agroalimentario en toda su complejidad: desde el cultivo y la gestión empresarial hasta la calidad, la sostenibilidad o la innovación.
Nuestra gran ventaja es el enfoque integral y multidisciplinar. Podemos abordar un problema desde perspectivas muy distintas —biológicas, químicas, ingenieriles o económicas— y proponer soluciones viables y adaptadas al terreno. En sectores como la sanidad vegetal o la producción especializada, como en mi caso con la lucha biológica o la flor cortada, esta formación es difícilmente sustituible.
También destacaría nuestra orientación práctica y resolutiva. Nos formamos para tomar decisiones bajo incertidumbre, adaptarnos a los ciclos de la naturaleza y responder a las exigencias del mercado con rigor técnico. Eso, sumado a nuestro compromiso con la sostenibilidad y el desarrollo rural, nos convierte en profesionales cada vez más demandadas.